jueves, 19 de enero de 2017

VALORES DE VIDA

“El objetivo de la educación es el conocimiento
no de los hechos, sino de los valores”
(William Ralph Inge)
  
Mi hija Kheyra
Hablar sobre la educación de las niñas y los niños humanos, no es un tema muy propio de este Blog, pero se trata de una petición personal de mi hija Kheyra, que está viviendo muy de cerca este tema en su familia humana, con una niña y un niño, y unos padres preocupados y responsables. Además, las últimas estadísticas de mi abuela Jolie, dicen que, de las familias que tienen un Collie en casa, el 36% tienen hijos de esta edad (6-10 años).

Los humanos viven en un mundo en el que ser los primeros, es lo más importante. Examinan a sus hijos continuamente y ellos sólo buscan el sobresaliente. Se les prepara para afrontar el éxito, para celebrar los triunfos. Se les repite hasta la saciedad: “No llores. Tienes que ser fuerte. ¡Eres el mejor!”

Kheyra me decía hace unos días que, en su habitual paseo matinal, vio a “su” humana echarse las manos a la cabeza cuando una amiga le comentaba que en algunos colegios hacían olimpiadas de matemáticas con cronómetro en mano y frente a un tribunal, olimpiadas de ciencias, olimpiadas de deletrear y todo ello con niños de apenas 7-8 años. ¿Pero estamos locos o qué?exclamó. Y el único ganador era el primero…los 25 niños restantes de la clase se veían como perdedores.



-       ¿Qué está pasando?

-       No sé, Kheyra... Los humanos invierten años en preparar a sus hijos para el éxito y no se dan cuenta que la vida está llena fracasos, de decepciones, de pequeños y de grandes obstáculos, de momentos de tristeza, de duelo, de soledad. ¿Y eso es signo de debilidad de la especie humana? No. Es la vida.

-       ¿De verdad piensan las personas que los niños de hoy en día están preparados para afrontar dificultades? ¿Es casualidad que pediatras, psicólogos y psiquiatras infantiles cada vez tengan más casos de depresión infantil y de ansiedad? ¿En qué cabeza cabe que a un niño de 9 años se le diagnostique de Depresión o de Trastorno de Ansiedad Generalizada teniéndolo todo, supuestamente, a su alcance? Es evidente que algo no están haciendo bien los humanos.

-       Cierto, Kheyra, los maestros y las familias deberían saber que el mundo cambia cada vez más deprisa y que eso hace que ya no sea tan importante memorizar todos los contenidos posibles en un sentido enciclopédico. Hoy es más importante disponer de las destrezas y habilidades que permitirá a las personas aprender de forma autónoma a lo largo de su vida... y eso no se mide con una nota numérica. Recuerdo ahora las palabras de Eva, una maestra del siglo XXI, el día que vino a recoger a su Collie: “La escuela de la nueva educación es creativa, despierta el espíritu crítico, promueve la iniciativa emprendedora, transmite valores y trabaja las emociones. También trabaja las matemáticas, la literatura, las ciencias... pero de manera integrada en proyectos y de forma que los alumnos estén en disposición de aplicar sus recursos para alcanzar el aprendizaje.”


-       Siguiendo con el paseo matinal, hubo un momento en que “mi” humana explotó: “Me importa un pimiento que mi hijo sea el más rápido en cálculo mental. Lo que no consiento es que se venga abajo por ser el segundo, el tercero o incluso, porque no haya sido seleccionado entre los 10 primeros.
Lo que de verdad me importa, lo que me quita el sueño, en lo que invierto toda mi energía y esfuerzo, es en desarrollar su inteligencia emocional. Lucho porque sea generoso, porque la empatía sea su punto fuerte. Me desvivo porque muestre sus emociones, porque me hable de sus debilidades, porque él mismo, encuentre soluciones a sus problemas. Peleo a diario por hacer de mis dos hijos personas autosuficientes emocionalmente. No pasa nada por no ser el primero de clase si se han esforzado al máximo. Premio el esfuerzo, la entrega, la generosidad, la lealtad, la lucha y la solidaridad. Esos son los valores vitales, los valores de vida
¿Sabes, Nina? Se hizo el silencio en el parque. Hasta los perros que suelen salir a esa hora, dejaron de jugar.
Su amiga Ana la miraba estupefacta. “Mi” humana bebió un poco de agua y continuó:
“¿Quién prepara a los niños para el fracaso, para la decepción, para el desengaño? ¿Lo habéis pensado alguna vez?
La sociedad recibe con los brazos abiertos a los triunfadores, les prepara para los aplausos. Yo prefiero preparar a mis hijos para las dificultades, fortalecer su autoestima, su capacidad resolutiva, su positivismo, su espíritu de lucha. ¿Por qué valoramos tanto el éxito? Porque antes hemos pasado por un camino más o menos angosto de lucha ¿o no?
No somos máquinas. Nosotros, los padres, no lo somos, lo sabéis muy bien. No pretendas entonces que tu hijo lo sea. No quiero que mis hijos piensen que su madre es una superwoman, siempre preparada, siempre lista para todo, siempre cantarina y perfecta. ¿Ese es el ejemplo que quiero que sigan? Y si con el paso de los años van encontrando dificultades a lo largo de sus vidas ¿Qué pensarán? ‘Yo no he sido capaz… Mamá se decepcionaría… No puedo mostrar debilidad. Mi madre siempre ha sido tan fuerte…’
Bueno, hijos –les he dicho a mis niños en alguna ocasión- mamá no es perfecta. Mamá también se equivoca y cuando lo hace, rectifica y pide perdón. Mamá, como todo el mundo, llora cuando está triste.
Quiero que mis hijos vean que su madre es de carne y hueso. Que no se avergüenza por llorar o por estar un poquito triste en circunstancias puntuales, que no se esconde. Quiero que lo vivan como algo natural… porque cuando a ellos les ocurra se acordarán de mí y lo asumirán como normal. Aceptarán su estado de ánimo y sacarán la fuerza necesaria para superar todo lo que obstaculice el camino hacia su felicidad.
Los hijos no necesitan súper-padres, ni dioses. Les da igual que su papá sea médico, abogado, camarero o que esté en el paro. Los hijos quieren un padre y una madre que estén a su lado, que jueguen con ellos, que les expliquen las cosas, que les cuenten historias…que hablen su mismo lenguaje. No quieren que les colmemos de regalos materiales. Es mucho más sencillo: sólo quieren tiempo junto a nosotros. Los niños deben vernos como seres humanos, no como super-héroes, para eso ya tienen las películas. Si te equivocas con tu hijo, no pasa nada, pídele perdón: ‘Perdona cariño, me he equivocado. ¿Me perdonas? ¿Empezamos de nuevo?...’ ¿Sabéis lo que supone para un hijo que sea el padre o la madre el que le diga eso? No hay mejor ejemplo”.
Esta es “mi” humana, Nina. Estoy muy orgullosa de ella.


Un niño, es único, especial e irrepetible, como lo somos los collies. Y si hay algo que necesitan siempre los niños es comprensión. Los humanos no deberían dar tantas órdenes a sus hijos ni llenarlos de reglas. Más bien, deberían elogiar su buena conducta con besos, con abrazos, con mucho, mucho cariño. Enseña a tus hijos a disfrutar de los placeres sencillos, en ellos está la verdadera felicidad. Cuéntales historias. Historias reales, de tu trabajo, de tu día a día. Estimula su imaginación, su creatividad, su empatía… Emociónate con ellos. Anímales a que sean emprendedores. A que no tengan miedo a equivocarse, sino a no intentarlo. A rectificar si van por el camino equivocado. A levantarse ellos solos si se caen. A pedir perdón y a aceptarlo también. Contra la frustración: la perseverancia, la constancia. Y recuerda que educar no es repetir siempre las mismas palabras. Educar es enseñarles a soñar, a probar, a crear, a luchar y a creer en ellos mismos.

Kheyra me contó, que ese mismo día por la noche, el más pequeño de la familia, después de estar jugando con espadas de madera y pistolas de plástico, se abrazó a su madre y creo que le susurró algo así: “Mamá, háblame bajito para darme calma, para que pueda crecer con tu afecto, con tu buen hacer. Mamá, háblame bonito para que me inicie cuanto antes en el mundo de las emociones, para que el miedo no forme parte de mí y pueda descubrir el mundo sintiéndome querido en todo momento”.

Los niños, como los collies, no queremos grandes cosas, sólo pequeñas cosas que hagan grande nuestra vida. Queremos que los padres, “nuestros” humanos, nos den calidad de vida. Que el tiempo que estén con nosotros sea siempre el mejor, el más sincero. Que no duden en hacer cosas juntos con ellos, en jugar, hablar, cocinar, pasear… Que cierren el móvil y se rían con sus hijos, sin preocuparse en si son o no son el padre o la madre “perfecta”. El corazón tiene respuestas que Google desconoce. Para enseñar a un niño, se necesita más corazón que ciencia.




Fuente: Lucía Galán, madre y pediatra

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